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2 de Noviembre: Día de muertos, fiesta de vivos

Por José Luis Ramírez Vargas. Las fiestas religiosas del calendario mexicano son las señaladas por la liturgia cristiana-católica, sin embargo todas de una manera u otra llevan esa particular impronta del ingenio mexicano: la Semana Santa con sus representaciones de la Pasión de Cristo, las fiestas navideñas con sus Posadas, etc., pero ninguna de ellas revela tan espléndidamente el carácter sincrético del cristianismo en versión mexicana que la Fiesta del Día de Muertos. Este día, igual que sus antepasados prehispánicos, novohispanos y de la era moderna, el pueblo mexicano se vuelca a los panteones para llevar flores de cempasúchil a sus seres queridos y degustar ahí platos típicos, o bien monta altares de muertos en sus casas u otros lugares a personajes de la historia reciente, prepara y consume diversos dulces alusivos a la muerte, o se divierte lanzando “calaveras”, versos satíricos con temas sobre políticos, personajes populares, amigos o parientes, en donde se menciona a la muerte como “la pelona”, “la flaca” u otros epítetos jocosos, nada macabros.

Llama la atención a nuestros contemporáneos de otras naciones la manera cómo se conmemora en nuestro país a los muertos, ya que en esta fiesta no hay lugar para los llantos, lamentos, o estados depresivos. Es una fiesta para los vivos, y no sólo eso, sino que la muerte es objeto de bromas, ritos floridos, artesanías y juegos, toda una tradición bien arraigada en las costumbres desde hace siglos. ¿Cómo entonces explicar que siendo el hombre “un ser de cara a la muerte” , como lo define el filósofo Heidegger, lejos de espantar ésta a los vivos, parece revivirlos y convidarlos a un festín común con los seres del más allá?Si bien se trata de una fiesta litúrgica de la Iglesia universal e inclusive con resabios de la religiosidad popular mediterránea, la que celebramos aquí y sobre todo la manera como lo hacemos, no se explica sin sus vertientes prehispánica y cristiana, ya que por una parte proviene de varias festividades mesoamericanas que se encuadraban en el marco del calendario agrícola, celebrada en los meses de ochpaniztli y teotleco, periodos en que la tradición señalaba el tiempo de banquetes debido a las cosechas, luego de las penurias de los meses anteriores. Esta tradición se hizo coincidir con la preparación de la visita de los muertos en estas fechas, ya sea a las tumbas, ya sea a los “altares” domésticos, en donde se preparaban ofrendas con alimentos, flores, y múltiples decoraciones. Por otra parte, desde que eran sepultados, a los difuntos se les proveía de los alimentos necesarios para su viaje hacia las regiones de Mictlantecuhtli, señor de las profundidades de la tierra, donde moran los muertos por causas naturales, hacia el Tlalocan, u otro de los lugares del más allá, según hubiera sido su muerte.

Estos y otros ritos y tradiciones indígenas, con sus múltiples variantes regionales, sobrevivirán a la conquista y a la evangelización en lo esencial, con algunas modificaciones. En efecto, a la base de todas estas tradiciones, se hallaba la creencia en la inmortalidad, según la cual la vida es sólo un estado pasajero y la muerte, es renacer, vivir para siempre. La nueva religión traída por los misioneros que acompañaron a los conquistadores no encontró muchas dificultades en este rubro para establecer una continuidad con las creencias ancestrales de los nativos: el “credo” que proponía, toda proporción guardada, también garantizaba la inmortalidad de las almas, éstas deberían pasar por un proceso de purificación o “purgatorio” antes de gozar del Paraíso. Los vivos podrían participar con ritos y oraciones para que dicha purificación ocurriera en los mejores términos y el alma encontrara pronto su salvación definitiva. Se añadían a este “credo” los conceptos nuevos de un juicio final, “según sus obras”, al final de los tiempos, y una “resurrección de la carne”. Los resultados de esta mezcla o sincretismo fueron varios:· Un genial concepto de la muerte: por una parte la multisecular tradición cristiana nos legaba importantes cambios en la concepción de la muerte, como el nombre de “cementerio” (dormitorio), para sustituir los paganos de “necrópolis” o de “panteón”. La inhumación de los cuerpos, al igual que en las tradiciones prehispánicas que conservaban el signo de la “presencia” física del cuerpo, se visualizaba la espera de la resurrección final. La incineración por lo tanto, aunque tolerada actualmente por las iglesias cristianas, no reflejaba la realidad de lo que los vivos esperaban de sus muertos.· En esta fiesta los muertos “conviven” con los vivos. El calendario cristiano fija el día 2 de Noviembre como el día de los “fieles difuntos”: la Iglesia entera ora por los que se han ido, pero los tiene “presentes”, los recuerda, siente y proclama la comunión con ellos, etc., ya que para el cristiano al morir, “la vida se transmuta, no se acaba”, como reza la liturgia de ese día. En las tradiciones preshispánicas y luego novohispanas, se conmemora la “visita” de los muertos, sólo se añaden el aspecto de comidas festivas, con los platillos favoritos del difunto, y por supuesto, para hacer más tangible y localizable su visita, el “altar de muertos”. Pero en definitiva lo que es común a las dos tradiciones es un “encuentro” con sus muertos.

El beneficio de esta fiesta es primero para los vivos. Ya el célebre obispo Agustín de Hipona en el siglo IV, daba algunas directrices a su colega Paolino de Nola acerca de los cuidados a observar para con los difuntos: El cuidado del entierro, las condiciones honorables de la sepultura y la pompa de los funerales, más que auxilio para los difuntos son consuelo para los vivos… todo lo que se dedica en la inhumación de los cuerpos no es una garantía de salvación sino un oficio de piedad” (“Sobre los cuidados que hay que observar para con los muertos”). El mexicano por su parte, ese día ora, o se reúne con sus familiares, se reconcilia, visita los cementerios, etc., pero por encima de todo, para él esa “conmemoración” es una auténtica fiesta: ese día se degustan platillos típicos, se bebe, se divierte.En conclusión: la convivencia con los muertos a la que invita la tradición mexicana produce una sociedad más sana, más acorde con esa totalidad que constituyen los aspectos de vida-muerte, en abierta oposición a las sociedades modernas cortadas de toda trascendencia, y en donde se margina por esa misma razón, a la muerte y a todo lo que a ella se refiere.

Que ese aparente desprecio de la muerte ¿es también un desprecio de la vida? ¿La forma de satirizar a la muerte es una manera de hacerla menos terrible? Descuidemos. La presencia o cercanía de la muerte bastan por sí solas para templar los espíritus y aterrizarlos a su realidad: “polvo eres… “. Pero si es cierto que a la muerte física sucede otra vida, entonces “¡que comience la fiesta!”.

*El Maestro José Luis Ramírez Vargas es Jefe de Desarrollo de Colecciones en la Biblioteca, y maestro de cátedra en el Departamento de Relaciones Internacionales (jlramirez@itesm.mx).

 

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